“Qué injusta es la Ley d’Hont”. Es una cita que probablemente la mayor parte de los españoles que haya prestado un mínimo de atención a la política habrá escuchado en varias ocasiones, que suelen coincidir con unos comicios. La aversión a d’Hont se ha hecho tremendamente popular en nuestro país, hasta el punto de que son muchos quienes lo responsabilizan totalmente de los malos resultados de su partido. Sin embargo, ni d’Hont es una ley, sino una fórmula de reparto de escaños, y tampoco es el principal culpable de que en España los resultados electorales estén tan distorsionados. Hay muchos otros factores que influyen en cómo terminan distribuyéndose los escaños entre los distintos partidos.
Los sistemas electorales tienen una complejidad mucho mayor de la que aparentan. Como indican Ignacio Lago y José Ramón Montero en su artículo Todavía no sé quién, pero ganaremos: manipulación política del sistema electoral español, el sistema electoral es “probablemente la institución más determinante en el corto plazo y con seguridad la más manipulable”. Los sistemas electorales no son entidades neutrales e inmutables, sino todo lo contrario. Es posible, y se ha dado muchas veces en la historia, que los actores políticos intervengan en ellos con el objetivo de obtener un rédito político y apuntalar su poder. El sistema español se articuló tal y como es hoy durante la Transición con un fin concreto, del que se hablará más adelante en este mismo reportaje. Por ello, al realizar un estudio de esta naturaleza hay que tener siempre un ojo en quién influyó en el establecimiento de las reglas del juego, porque ello puede ayudar a entender el porqué las mismas se establecieron de una forma o de otra.
A lo largo de las diferentes páginas de este blog, el lector tendrá la oportunidad de adentrarse en los sistemas electorales y conocerlos de primera mano, con un especial foco en el caso español.
Comentarios
Publicar un comentario